Cuentos

Me entendés?:


No había manera de convencerla, era una mujer de verano, un ente de primavera. Le dimos el invierno en sus manos, sin éxito. Lo subió, lo bajó, le dio vueltas, lo miro al derecho, al revés, le hizo cosquillas, le contó secretos, le jugó un truco, a las escondidas y nada. No hubo remedio, el invierno no le movía un pelo.
Me miró y me dijo, soy muy friolenta, el invierno me da frío, me llena de ropa, me siento gigante, incómoda, el invierno me sopla fuerte, me mira feo, el invierno no me deja bailar. En invierno está oscuro, con lo que me gusta la noche noche, y el invierno me la trae temprano y no estoy lista, me apura. Me apura a llegar a casa, no me deja caminar las calles, me llueve, me saca la lengua, el invierno es mañoso, medio duro y lento… me entendes?
No podía decirle que no, pese a mi amor por el invierno, no podía negarme a su reclamo. Quizás sus ojos, quizás su sinceridad. Me decía cada palabra con un rostro de verdad, que era irrefrenable mi deseo de creerle.
Le dije que era medio caprichosa, que era todo una cuestión mental, que quizás su mente era pequeña y por eso no podía con el invierno.
Sin enojarse se puso a pensar y me respondió amablemente, es muy probable, pero te juro que soy buena, no es un capricho lo que te digo, es sincero, no lo puedo soportar, necesito flores frescas, el Sol amable, soy friolenta y me cuesta el frío, me cansa, y necesito energía para bailar, para querer, para ser querida. Necesito el sol para dar amor y sonreír más fuerte, me río más cuando la brisa es cálida, te prometo que lo intento pero no puedo con el invierno, es muy amargado, es demasiado reflexivo y yo quiero que me hablen… en verdad me entendes?
Era imposible darle batalla, me estaba matando su corazón, me sentía conmovido y no podía decírselo. Tenía que encontrar la manera  de serle indiferente, que no notara que me estaba ganando, que me estaba ablandando la coraza. Debía encontrar de alguna manera una carta comodín, un respaldo, un plan B.
Fue entonces que se me ocurrió una gran idea, quizás lo que debía hacer era bajar un poco mi exigencia, mi pretensión. Me puse a buscar en mi mochila, desesperado revolvía al azar. Ella me miraba entre asustada y expectante. Yo iba sacando objetos diversos e imposibles, voló un sueño mío del 2004, alguna palabra en desuso, un par de tornillos de vidas pasadas, mi colección de reclamos, boletos a Plutón de cuando era barato, unas zapatillas mensajeras con mensajes de rock, cartas de amor con palomas atadas, encontré sorprendido mi pasión por colgarme de los árboles y claro que me lo guardé en el bolsillo para tenerlo a mano… así fueron volando objetos, fotos, fantasmas e instrumentos, incluso wally y un chelo salieron de mi mochila!, hasta que lo encontré. Una pequeña y sencilla, seca y marrón hoja de otoño. Triunfante se la entregué y extrañada me dijo, y esto?, esto es el otoño, le dije, es para que lo pruebes, el otoño es parecido al invierno pero  no tan invierno, es como una primavera poco primavera.
Se empezó a reír, muy naturalmente, muy dulce. Entonces miró al otoño atentamente, con el ceño fruncido en señal de desconfianza, lo soltó y dejó que cayera suavemente en la noche. El otoño planeaba con gracias como si bailara, como si caer en una noche fresca fuera su estado natural, con sus ojos cerrados y una concentración abismal para demostrar su profesionalismo, su imponencia, quería demostrarle a la muchacha que él lo era todo. Una vez que cayó al suelo se extendió completamente y sopló una potente brisa que levantó miles y miles de hojas que estaban en el suelo. Entonces nos envolvió una lluvia de hojitas marrones y verdes que sonreían sublimes y orgullosas.
Cuando el espectáculo terminó nos quedamos mirándonos incrédulos, ella contenía su risa, yo no sabía que decirle, si disculparme o decirle “te lo dije”. El otoño carraspeó en el piso y nos acordamos del pobre que yacía en el suelo, inmediatamente ella se agachó para recogerlo. Lo tenía agarrado a una distancia prudencial, desconfiando de esa magia petulante, pero lo miraba con respeto y cierta amabilidad, porque claro, más allá de su reticencia, en el fondo es una buena mujer.
No es tu culpa otoño, ya te dije, soy de verano, no discuto tu belleza pero qué hago cuando empieces a llover?, me fascina caminar y crujir tus hojas, pero que hago en tus tardes grises?, en tus tardes oscuras?. Si tengo mi pañuelo no podrán besar mi cuello, si tengo un gorro no podrán tocar mis orejas. Con las manos rojas no puedo acunarte, otoño, sos un hermoso ser para ser visto, para ser contado, para ser admirado incluso! Pero otoño, para vivirte yo no eh venido, te diría que no eh nacido para ti, yo soy una fiel mujer de las flores, del calorcito en el pasto… me entendes?
El otoño no supo qué decirle, al igual que yo no supe antes, y se puso a llorar desconsoladamente en la mano de la mujer. Le caían lágrimas gigantes como lluvias y mocos de bufanda, con un sonido suave pero intenso el otoño lloraba y lloraba. La mujer conmovida lo abrazó con ternura, se oían sus hojitas crujir y sus espasmos que disminuían hasta un suspiro largo y tranquilizador, el otoño se sentía contenido en ella. Nunca se había pensado a sí mismo de esa manera, jamás había encontrado quien resistiera con tanta tranquilidad a su magia. Su llanto no era sólo tristeza, sino de alivio, el alivio de poder ser tan solo una estación, no cargar con el peso que los nostálgicos cargan sobre él. Aliviar su vida de pretensiones y expectativas y poder disfrutar de sí mismo como es, con lo bueno y lo malo.
Claramente yo no entendía muy bien la escena, lo que pasaba frente a mí me superaba sobremanera. Jamás pensé que mi inocente charla con esta mujer terminara transformándose en una revelación cósmica de las estaciones del año. No sabía si huir o permitirme ser parte de todo esto que sucedía. Mis dudas e incredulidad me dejaron plantado, un poco aislado de ellos, pero parado en el mismo sitio donde todo comenzó. No sabía qué hacer con mi cuerpo, si mirarlos, si mirarme, sólo atinaba a balancear mis brazos, fruncir mis labios y mirarle a ella los pies. Me aterraba verlos fijamente, como si no fuera suficiente para ellos, para todo lo que se transmitían, ese consuelo era demasiado para mí, incomprensible para mi espíritu tan básico.
Fue entonces que ella me miró y se hizo el completo silencio. No conozco palabra que signifique o se acerque a la mirada que ella me dio, sólo sabría decir que me tocó lo más inquietante del corazón, sudaba sin sudar, latía sin latir. Dejó al otoño con suavidad en el aire y él voló sin mirarme hasta mi mochila. Ella seguía viéndome, cercana y profunda, buscaba, mejor dicho, me estaba invitando a sentir algo, algo que no puedo terminar de decir, algo muy rápido que cruzaba mi mente, algo veloz que me recorría el cuerpo de punta a punta. Ella dejó que el silencio entre los dos durara una pequeña parte de la eternidad y en cuánto terminó sólo me dijo… me entendes?
Levantó el brazo y paró el bondi, me saludó con una sonrisa, gracias por acompañarme,  y subió resueltamente sin mirar atrás. Yo como el tonto que soy, volví a casa a contar este cuento, sin entender a la perfección a quién estaba descubriendo, pero con la alegría incrédula de saber que el mundo está lleno de gente increíble, gente tan necesaria como decía Hamlet Quintana.

Ahora que tomo distancia de la situación, veo sus ojos cafés y la oigo decir  “me entendés?”… eso es todo lo que existe, eso es todo lo que quiero decir.

-fin-


Razones por las que me enamoré y sigo enamorado de la mujer cuyo cabello huele a manzanas:


Un día la vi, luego de verla miles de veces y me enamoré de ella. Pero me enamoré completo, fue inevitable y maravilloso. Sin embargo ella me dijo que ya estaba enamorada, ya venía con un amor, el cuál por supuesto no era yo. ¿Qué podía hacer?, tuve que elegir creerle y no creerle.
Creer en su amor por respeto a su humanidad, a sus palabras que hoy devociono, porque son para mí, juramentos, proclamas, cuando habla, ruge el cielo.
Y elegí no creerle, porque mi amor por ella es tan profundo, mi angustia es tan grande y mi espíritu tan valiente, que no puedo simplemente conformarme con eso y dejar de amarla, sólo rendirme porque ella ya viene enamorada.
¿Acaso es el amor, el encuentro de dos, una sencilla fórmula de permisos y predecibles circunstancias?, ¿acaso un amor surge de posibilidades justas, afortunadas?. ¡¿Cuándo fue que el amor se volvió simples casualidades?!. No se trata de “estás sola, estoy solo” (con perdón de Mario), de sos linda, soy lindo, de "megustastegusto".
Considero que el amor es todo lo contrario, el amor es una batalla contra lo razonable, es la construcción, la búsqueda que va contra todas las posibilidades, es juntar dos almas injuntables fruto de esfuerzos, ingenio, dulzura, convicción.
Si el amor no fuera una lucha sería una simple casualidad, una circunstancia deducible. Y no. El amor es la prueba infalible de la locura humana, esas locuras lindas como quien dice. Y creo que en el amor ganan los que construyen y luchan pese a todo pronóstico y cualquier desventura, los que rompen con los “sólo sucedió”, los que aman, son los que no se rinden, los que son pacientes, los que son creativos, los que se desgarran el alma, los que lloran, los intensos.
Por eso cuando me dijo que ya venía amada, elegí creerle, pero eso no quiere decir… que me vaya a rendir.
Porque además, si me rindiera, si simplemente le creyera, lo mío no sería amor… no sería una locura.
Cuando la vi, me enamoré, porque estoy loco, porque no debería, porque va contra toda convención, en fin... porque es una locura en la que me sumerjo, y claro… porque ella es hermosa.

fin


Las Manos:

Un día ella me tomó la mano, o quizás yo se la tomé, no lo recuerdo ahora, no importa. Lo que importa es que desde aquella vez, mi vida se convirtió en una vorágine de situaciones donde siempre buscaba tomar su mano.
No sé qué decirles, es como si mi mano hubiera nacido para estar con ella, como si su izquierda hubiera sido desde siempre la compañera de mi derecha y mi propia izquierda no me perteneciera, sino que es en realidad la contraparte de su derecha.
La oscuridad de un cine, el amanecer del centro, un viaje en auto por la madrugada, el fondo de un espectáculo, una esquina, un bondi, una mesa, una muchedumbre… todos puntos de encuentro para nuestros dedos. Porque claro, tomarle la mano no era simplemente juntar las palmas, juntar los dedos, tomarle la mano implicaba juntar dos grandes verdades, innegables, unir su dimensión con la mía, reconocer nuestras misiones, pasados, lo invisible… tomarnos la mano era sentirse infinito, dichoso y eterno, pero de esas eternidades que no agobian sino que producen paz.
Una tarde me dí cuenta de que mi mano comenzaba a escribir de una manera diferente, como a escondidas, secreta, ignorando completamente que estaba en mi presencia y que la veía, ella anotaba en el cuaderno cosas que mi mente nunca pensó. Poemas y relatos fantásticos, reflexiones profundas, viajes épicos. Describía paisajes de lugares que no conozco, inventaba mundos no visitados, nunca leídos o escuchados, ¿qué más podía hacer sino dejarla fluir con su creatividad?.
Largas tardes y noches me maravillaba de ésta magia, sin saber a qué se debía semejante misterio, hasta que por casualidad, mientras mi mano no miraba tomé una de las hojas y comencé a leer atentamente. En todas siempre había un factor en común, el mismo personaje que se repetía en los diversos escenarios y circunstancias, una mujer, sin nombre pero con la misma característica “el cabello con olor a manzana”.
Podría parecer cursi, pero que les puedo decir, me resultaba pintoresco, y estaba lleno de ternura. Comencé a darme cuenta que el contacto con la mano de ella me llenaba de creatividad, como si me transmitiera mucho más que calor o dicha, cómo si una parte de su alma, de su ingenio, sus ideas fluyeran conmigo.
Y esa es otra razón para seguir buscando locamente tomarle la mano. Sólo me queda averiguar si a ella le pasa lo mismo...


Relato de un pensamiento:

A esa mujer la habré pensado, a lo sumo, una o dos veces. Esperen que trato de hacer memoria… mmm, no, sí… tres veces con toda la furia!. Que loco entonces verdad que ahora la vea dormir, en este cuartito, en este lugar del mundo, tan común, tan sencillo. No es que no la haya pensado por pedante o por ignorarla, resulta que estuve pensando en tantas otras mujeres y poemas que no tuve oportunidad de detenerme en ella, tan en ella, sumamente en ella. Pensar en eso me dan ganas de abrazarla, pero no la quiero despertar, mejor le doy un beso, sí, suave. Dirán que es muy cursi lo mío, se los permito pero discrepo en ello, mi intención no es aferrarme a las cursilerías para construir un amor, sino que busco asimilar a esta mujer, sí, precisamente eso, asimilarla. Pero no tan solo asimilar su cuerpo, las piernas, los labios, los pechos. Tampoco sus costumbres, sus ropas, su gusto musical. Busco asimilar aquellas cosas que me provoquen delirio, que sean las puertas justas y precisas para su mente, su mundo del inconsciente… quiero asimilar cosas como éstas, se las enumero:

  • · Su esperanza cotidiana, aquella por la que cada día dice que sí.
  • · Su “todo los días”, con su buen y mal humor
  • · Su silencio para ignorarme y los que son para decirme cosas profundas
  • · La música que toca su corazón cuando está enamorada y cuando tiene miedo
  • · Su deseo infantil
  • · Todos los ojos que miró fijamente
  • · Cada lágrima que ocultó de los que no entienden a la gente que llora
  • · Su secreto detrás de la puerta de su habitación
  • · Su letra cursiva y algunas letras de la imprenta
  • · Su delicada manera de pensar una idea
  • · Su mundo privado debajo de sus sueños regulares
  • · Su rostro cuando toma una siesta y cuando bebe una taza de té
  • · Sus labios cuando canta en la ducha (si es que lo hace)
  • · Su fascinación por cuestiones únicas e irrepetibles

en fin… etcétera y mucho más.

Es por eso que la miro mientras duerme. La miro por todo el tiempo que perdí de no mirarla cuando pude. Quizás solo hoy la tenga dormida, tan favorecida para que yo la mire, tal vez mañana ya no esté más, ni dormida ni despierta, tal vez ella ya no me mire más, así que tengo que aprovechar y aprovechar bien!. Quizás por mi inmensa necesidad me tomo el permiso de sonar cursi sin pretenderlo.
¡De todas y tantas mujeres que pensé y pude haber pensado! y la que está acá es ella, y no puedo pensar en nadie más, lo intento se los juro, pero cada célula de mi cuerpo está concentrado en darle calor a ella, darle un lugar ideal para su descanso. No quiero que se despierte, quiero verla dormida un rato más, muchos ratos más, infinitos!. Quiero que si se levanta me mire, me sonría, me diga en susurros algo incomprensible y vuelva a dormir!, para así conmoverme y no agotar mi pasión, mi fortuna, mi buena fortuna de tenerla acá, en la cama dormida mientras pienso en todo esto. Mejor dejo de pensar tan fuerte… a ver si no se me despierta, ya está, le doy otro beso y me duermo en ella, me voy a acurrucar en su costado, en una esquina de su alma, donde guarda su pasión y su perseverancia.

Buenas noches….



A 452ava vista

Eduardo es un hombre sinceramente mediocre. Ya sea por elección propia o porque ha creído demasiado en cosas como la suerte… pero pobre hombre, no tiene esperanzas. En su patética vida no ha demostrado mayor habilidad que ser un observador compulsivo, lo cual no lo hace un ser profundo, no creo que el tonto de Eduardo entienda ni la mitad de las cosas que ve. Que se esfuerza mucho en su tarea, no hay quien los discuta, pero claramente es todo un ingenuo de la vida.
Desde pequeño siempre le prestó mayor a tención a las cosas que observaba que las que oía. Incluso tocar o sentir eran para él una inutilidad. Despreciando los consejos de padres, maestros y amigos, porque su oído no permitía las palabras, la vista de Eduardo había monopolizado a los demás sentidos. Imagínense que una persona que pudo aprender únicamente de lo que miraba, no podría llegar muy lejos en la vida, siendo que ésta es un todo. Incluso las personas que tienen deficiencias o faltas de alguno de los sentidos buscan compensar con otros, pero nuestro hombre no, todo era nada, todo era “vista”.
Es un milagro que Eduardo a sus 27 años haya llegado al lugar en dónde está, poder terminar una pobre carrera terciaria y tener un trabajo razonablemente digno demuestra que el sistema en que se ha sumergido este mundo da para todo, ya que lo importante es la funcionalidad, y quién iba a reparar en una funcionalidad tan pobre como los son los sentidos que tanto influyen en el espíritu. Eduardo era un hombre muy burocrático y sencillo, era llano y de poca complejidad, lo que lo hace perfecto para un sistema. Nadie le pediría jamás palabras salidas de su alma, procesadas por su corazón, su opinión del mundo más allá del mundo, a lo sumo le pedirán un papel, un informe, un café, y eso con la vista alcanza.
Claramente nuestro mediocre señor podría dar seminarios maravillosos, poéticamente relatados sobre el comportamiento humano y su realidad circundante, si tan solo pudiera ser capaz de poner en palabras o entendiera mínimamente todo lo que sus ojos ven. Debo admitir que nos hemos perdido a un gran artista, un humanista de primera categoría por culpa de su terca necesidad de sólo observar. No creo que haya un ser en la tierra que pudiera ver para luego traducir lo que es este hombre en realidad, toda su vida y su gran talento han sido pasados por alto, eso mismo lo convierte en un mediocre burócrata, uno más de un montón.
Lector denodado pero no reflexivo, es amante del cuento de Borges “Funes el memorioso”, su biblioteca consiste en libros de todos los idiomas posibles, aunque sólo sabe hablar y leer el español, le encanta poder mirar las páginas escritas en dialectos ajenos a su comprensión. Claramente las caligrafías china y japonesa le generan una predilección y cuenta con montones de libros de ilustraciones, desde Dalí hasta libros para colorear, historietas a color y blanco y negro. A diferencia de lo que podríamos creer no cuenta con fotos ni cuadros en su casa ya que considera que ellos sobre estimulan su mente. Lo he oído decir (muy sabiamente) que el mundo de por sí es una serie de cuadros y fotografías enmarcadas en nuestros ojos, que caminar por su casa es casi como caminar por un museo.
Eduardo tiene una tonta costumbre, pero muy pintoresca, de pararse por las noches en alguna esquina del barrio de Urquiza (que es donde vive) y fingir que está esperando encontrarse con alguien. Si coinciden con él, podrán verlo dar vueltas de un lado a otro, mirando su reloj, fingiendo mandar mensajitos de texto y hablar por lo bajo para sí mismo palabras tales como “uh che, ya se retrasó”, “¿estará bien?”, “siempre tarde este chabón”. Uno ve tanta convicción en su ser, que podría confundir al más experimentado actor o agente secreto. Un hombre con tantos dotes actorales podría llenar el San Martín y ser aplaudido con gran euforia sino fuera por su falencia para aprender algún texto y oír cualquier clase de indicación.
El universo tiene conspiraciones misteriosas y siempre necesita revindicar a sus seres. Aquel pase majestuoso de lo siniestro a lo poético, de la tragedia a la comedía, y lo mediocre en maravilloso. Incluso alguien como Eduardo merecía tener una vez en su vida un hecho revelador que lo transformara, aunque nadie más lo supiera, en el ser más grande en la faz de la Tierra. Ya sea un acto de heroísmo, de amor, una profunda reflexión, un descubrimiento universal o simplemente una revelación.
Así fue que un 27 de enero, cuando Pilar, su compañera de trabajo, le fue a pedir unos papeles a Eduardo, pudo presenciar (ella sin saberlo del todo, claro) uno de los discursos más poéticos que este mediocre hombre diría en toda su vida. Ella se encontraba parada frente a él con el brazo extendido y la palma abierta esperando los papeles, y Eduardo sentado en su cubículo la miró a la cara con una expresión de melancólica admiración y le dijo:
- Sabes Pilar, toda mi vida, desde que tengo conciencia de ella, he escuchado muy a pesar de mis dificultades auditivas la expresión “amor a primera vista”. Recuerdo muy vagamente estas palabras salidas por la boca de mi madre, de mi abuela, de un primo, mi amigo Joaquín del secundario, Amalia del terciario, Omar mi médico, y tantos más. Lo he visto en sus labios modularse tales palabras para formar aquella frase. Incluso me he grabado alguna vez una telenovela muy famosa para poder ver una y otra vez muy detenidamente el movimiento de los labios del actor al momento de decir tal cosa, el cuerpo de él, el cuerpo de ella. Eh sabido que hay canciones que dicen esto, eh visto slogans publicitarios que ocupan metros y metros de un edificio con esto del “amor a primera vista”. Lo he leído en cuentos, en varios idiomas, eh visto dibujos que interpretan el sentimiento, pude ver una vez a un joven en una plaza diciéndoselo a una mujer, y si me pongo a hablar de las películas donde esta escena se exhibe no terminaría más, ya sea en cine 3D o en una película por internet. Sin embargo pese a todo jamás pude experimentar tal cosa. Soy un hombre sumamente observador, tanto así que te confieso, por si no te diste cuenta, que es la única cosa destacable de mi persona, todo lo demás de mí es perfectamente olvidable, pero mi vista, mi observación envidiaría a criaturas de la naturaleza, astrólogos y videntes. He dado en lo que va de mi vida unas 11.154 primeras vistas y jamás me he enamorado, lo cual me genera cierta desilusión. Es probable y me podrías decir que es un número insuficiente de primeras vistas para enamorarse, podríamos alegar también que la cantidad no importa sino que hay que ser paciente con el tiempo y las circunstancias para dar con la persona correcta para enamorarse a primera vista. Y te lo aceptaría, pero como he dicho, considero que siendo el hombre mas observador del mundo, 11.154 veces es una cantidad sumamente aceptable para haber encontrado el amor. Pero como te he dicho, no me ha sucedido tal cosa.
Pilar lo observaba a este hombre, tan chiquito en su asiento, con su rostro tan centrado en lo que decía y no sabía cómo reaccionar. No atinó ni a sentarse ni a moverse, seguía aun con su brazo extendido y su mano abierta esperando, pero ahora su cuerpo esperaba aquellas palabras que oía. Sus ojos no dejaban de mirar cada rasgo de Eduardo, y tras un segundo de silencio continuó.
- Sin embargo Pilar, he mirado a una mujer por 452ava vez y quedé perdidamente enamorado de ella. ¿Será eso posible?, ¡¿hay alguna canción, algún bolero, algún luismiguel que cante sobre esto?!... o soy el primer ser humano en experimentar una cosa así…
Eduardo no dejaba de mirar a Pilar en busca de aprobación ante semejante declaración. La miró más profundamente que a cualquier cosa que hubiera visto en su vida, la miró como si fuera la última cosa que podría mirar en este mundo.
- Acá tenés – le dijo Eduardo dándole el papel que ella le había pedido y volvió a su computadora para seguir trabajando.
Pilar tomó la hoja y se marchó hasta su cubículo aun incrédula de lo que había presenciado y antes de sentarse se refregó las lágrimas que había dejado caer.


Tren de los Augurios

No tenía tiempo para quedarse dormido, el viaje era largo y más cuando se va hacia ningún lugar. Qué triste que es a veces ver a una persona escapar, sin embargo es interesante para contar una buena historia.
Juan vivía en el mar, no sobre él sino a la orilla, en una linda casa de familia con padres desleales a los sueños y por sobre todo al sueño de un hogar. La casa no era más que una serie de cuartos juntados al tun-tun, sin hijos ni gato, lo que nos daría a entender por qué Juan se fue, y nos hace preocuparnos por su hermana que jamás supo bien que es esto de huir.
Se oía un parlante que anunciaba la llegada de un tren, estropeado y viejo, destino “ningún lugar” de la línea de Los Augurios, cuyo eslogan rezaba “ideal para cuando uno no da más”. Juan se sentó junto a una extraña señorita que vestía la sencillez entera, lo único que la resaltaba a los ojos de quien la viera, era una flor que a diferencia de cualquier mujer primaveral, no adornaba su pelo sino que la usaba de collar. Un extraño girasol de pétalos verde brillante atada a una simple cuerda.
El tren arrancó, la chica lo miró y le preguntó a Juan
- Ya llegamos?
- Pero si recién salimos?
- Nunca es temprano para llegar a ningún destino, o tú sabes a dónde vas?
- La verdad no
La chica fijó la vista hacia delante y así quedó en silencio durante tres estaciones más.
- Hablame! - le gritó repentinamente la muchacha. Juan se sobresaltó y la miró sorprendido.
- Perdón, es la ciclotimia – se excusó - cada tanto me agarra, pero estoy en tratamiento
- Esta bien… - dijo Juan
- Pero igual háblame – reprochó la chica - huir es triste cuando se hace solo, vos nunca estuviste solo?
- No sé, pareciera que no, tengo una hermana, papá, mamá y mascota, aun así era como no tenerlos
- Que desperdicio - fue su respuesta y nuevamente se calló.
Juan quedó ofendido pero a la quinta estación en silencio se le pasó, se sentía triste de pensar que había desperdiciado tanta familia.- Ya llegamos? - volvió a preguntarle
- No - respondió Juan con tristeza en su voz
- Qué te pasa Juan?
- Cómo sabes que me llamo Juan?
- Porque no tenes cara de Federico.
Juan no supo que decir así que la chica siguió hablando
- Alguna vez soñaste con volar?
- No, me duele el hígado de sólo pensarlo
- El hígado?, que raro que sos! 
El viaje continuó en silencio hasta la estación Doce Mil (meramente un nombre).
- Yo entrenaba a un grupo de nenas para volar – comenzó a contar la chica - teníamos un equipo llamado “Voladoras” e íbamos a ir a competir en torneos, pero no fue posible
- Por qué?
- Porque no había otro grupo de gente que supiera volar, solo mis niñas
- Y dónde están?
- Se fueron. La gente tiene un gran defecto
- Cuál?
- Crece… cuando la gente crece se va, y más cuando saben volar
- Pero algún día se tienen que ir! – trato de explicar Juan
- Y la lealtad por el equipo?! – le gritó
- Pero no podían competir!
- Vos no sabes nada, a vos ni siquiera te gusta volar!.
Con un incómodo silencio siguió el tren hasta que Juan habló
- Perdón
- Yo también, ojalá hubiera una máquina del tiempo para llegar hasta antes de gritarte y así el viaje no habría sido tan silencioso
- Está bien, no es necesario
- Puede ser – dijo la chica sin darle mucha importancia - te tengo que pedir algo
- Qué?
- Yo me bajo ahora, ésta es mi estación, debo seguir mi camino
- De acuerdo – le contesto Juan
- Toma éste anillo, es un anillo que quita los dolores de hígado
- Gracias.
La chica se bajó sin decir jamás su nombre, Juan tampoco nunca se lo preguntó, pero le regaló lo más hermoso que te puede dar una persona, su facultad de volar.

FIN

Mario Camelo 



(Introducción)


Mi nombre es Mario Camelo, tengo una edad que no importa, mi contextura física es despreciable y mi color de cabello no le incumbe ni es relevante para mi presentación. Aun extraño a mi novia, sufro de insomnio porque no puedo dejar de pensar (sospecho que ella me engaña), fracasé tres suicidios, bah, fracasar no es la palabra, diría que a último momento me arrepentí y no fue por apego a la vida, por reivindicación, por pensar que era una estupidez, no. El tema es que me pareció absurdo, y repito, no por reivindicación, absurdo porque no era lo suficientemente poético, quería morirme de una forma poética y el suicidio no me lo pareció tanto, di muchas vueltas pensando de que forma morir, si la encontraba lo hacía, no es moco de pavo, hay que ver que muerte pega mejor con uno, tiene que tener un contexto, una metáfora, un significado, y las únicas tres formas que encontré no involucraban suicidios sino mero azar, así que me puse a caminar un rato por la calle a ver si en una de esas la suerte me tiraba un centro y me ayudaba con lo del “suicidio poético”.
Pero bueno no ahondemos más en eso porque no es lo importante. Como les iba diciendo, me encanta tomar mate y escuchar música, me gusta mas compartirlo con alguien que aprecie esto tanto como yo, desafortunadamente, no, esa tampoco es la palabra, porque la fortuna no tiene lugar en mi forma de vivir, mejor dicho “gracias a mí” no tengo a nadie con quien compartirlo, por lo menos hoy, ahora, en este momento en que le escribo a usted o ustedes. Vivo en una casa que no la siento como hogar, tengo dos casas más, cada una con sus habitantes y particularidades, que tampoco siento como hogar, vivo en un limbo, mi hogar se convirtió en los pequeños momentos en que no me siento solo. Nunca es el mismo lugar, nunca son las mismas personas, siempre dura a lo sumo un par de horas y no tiene constancia este hecho, o sea, no siempre me encuentro en lugares, con personas, con momentos, por lo general estoy acá, escribiendo falsamente para usted porque usted en realidad no está así que en definitiva escribo para mi.
No soy un ermitaño, salgo y lo hago mucho pero la gente es muy selectiva y no le gusta charlar con extraños a menos que exista un contexto institucional, mucha gente que encuentro de vez en cuando en estos contextos me dice siempre que cuando me sienta solo los llame cuando quiera, que nos juntemos, que no esté solo, y eso hago, pero siempre están ocupados, como si aquella seguridad que me planteaban cara a cara se borrara en la voz del teléfono, en le señal del mensaje de texto o la conexión de Internet… Podría vivir frustrado u ofendido, pero no es mi estilo, si bien yo soy muy cumplidor y no aseguro compañía a menos que verdaderamente esté dispuesto a darla, no me gusta pretender esas cosas de los demás, cada uno carga con sus promesas y sus palabras, cada uno le otorga su valor, yo tengo el mío y es de un alto precio, los demás son los demás.
Estoy harto de muchas cosas, como de la sopa, de la gente que maneja apurada y estresada, de los que arrojan basura el piso, de las mentiras, de que me digan que conmigo se les cae el mundo, de obligarme a dejar cosas atrás, no poder escribir cartas porque no las debo mandar y odio guardarme cartas, quemarlas ni loco!. Estoy un poco cansado de que me cueste tanto dormirme a la noche porque cuando tanteo la cama no está su mano para tomarla y que me abrace, de despertarme con la sensación de que debería estar acompañado y desayunar solo. Ojo!, también estoy harto de la injusticia, de que los gays no puedan casarse y adoptar, de que siempre critiquen al gobierno de turno cuando antes de las elecciones los elogiaron tanto, que hablen encima como catedráticos sobre “como se debe hacer para levantar al país” mientras se rascan los huevos, los ovarios, viven quejándose del chino de la esquina, de los precios, de Maradona y la Selección. Que el pueblo sea patriota el año del mundial, pero después las banderas se apolillan cada fecha patria. Estoy harto de la intolerancia, que no te den laburo por tener pelo largo y tatuaje, que vestirse sencillo no sea “buena presencia”, que las chicas quieran que les escriban una poesía pero nunca salen con poetas, que los celulares sean tan necesarios (yo cuando digo que voy a estar ahí, voy a estar ahí!). En fin.
No quiero que piensen de mí como alguien deprimente o totalmente negativo, sepan que estoy muy contento con muchas cosas, pero no me voy e explayar en eso porque no pretendo hacer una Oda a la Alegría, de lo bueno y bello, porque lo más lindo que tiene vivir es descubrir eso “las cosas lindas de la vida”. Por eso creo que todos debemos colaborar en esto y guardar el secreto a los que recién empiezan, la vida vale la pena para desentrañar sus misterios y revelar los enigmas, lo dulce, lo sabroso, lo excitante, la risa, pero lo fabuloso es descubrirlo uno mismo, no que te lo cuenten o te lo anticipen, porque cada uno va descubriendo que es eso que lo hace más feliz, uno se va descubriendo y nadie nos lo puede anticipar ni deberían, sí que nos digan que la felicidad existe, como para darnos seguridad de que no buscamos al pedo Lo malo, en cambio, sí me parece que es bueno comentarlo, lo malo hay que denunciarlo, hay que protegernos y prevenirnos, aunque no podamos ahorrárnoslo, todos sufriremos algunas veces y viviremos toda clase de injusticias, pero es una gauchada advertirnos un poco, solo para que sepamos que no estamos solos, que el otro también sufre o lo sufrió y que se puede contra todo eso. Lo lindo, aunque sean instantes, siempre va a valer la pena.
Quizás les parezca raro un comentario así de alguien que trató de quitarse la vida, lo sé, pero tengo mi propia relación con la muerte que no contradice nada de lo antes dicho, aun así, no les sugiero que lo intenten, apelen a vivir… tirarse a las vías del tren no es tan interesante como parece, y no resuelve nada. Tampoco le teman a la muerte, es un poco hinchapelotas pero sepan dos cosas: primero, morir es parte de la vida; segundo, hay cosas peores en la vida que morir, y es vivir sintiéndose solos, o desdichados, o perdedores, o feos…
Se preguntarán a que viene todo este cuento, estas confesiones, quizás pensaron que era una mera introducción para una historia, un relato sobre mi vida, pero no, voy a ser sincero. La Muerte acaba de llegar hace unos minutos para llevarme, al fin se dio que ¡me voy a morir poéticamente! Estoy muy feliz, pero le pedí que me diera un ratito para escribir mi última obra, porque algo que no les conté es que soy poeta y escritor. Eso es todo, gracias por tomarse un momento para leer las ultimas líneas de Mario Camelo, un hombre cuya edad no importa, su estado físico es lastimero y extraña terriblemente a su (ex) novia…. Que se quede con el tipo que me engaña, total yo ya estoy muerto.

Adeus.





Bombas

Caminábamos con Sebas por Av. Rivadavia, debían ser como las cuatro de la madrugada, hacia un frío espantoso, húmedo, estaba casi terminando Junio. Volvíamos de una fiesta y nos dirigíamos a la parada del 133. Yo caminaba de mal humor, estaba enojado con Sebas, estaba raro para lo que es él. No levantamos ni una mina en toda la noche, él metido en su monólogo poético, en su aventura de envolver a la mujer, de presentar analogías, sexo, falos, balsas y rizos, sin concluir en una transa, un besito en el cachete, una agarrada, un enganche. Usualmente luego de los malabares verbales (palabra suya) garpa un beso, yo a mi manera siempre manoteo, soy más tradicional, con los bailes y las insinuaciones del mal chamuyero pero que siempre (siempre) pegan con una buena cara. Pero Sebas espantaba hoy, daba vueltas interminables, claro que algunas chicas se divertían, pero ninguna entregaba, porque Sebas hablaba para entretener y melancolizar, para excitar (un poquito) pero no para el garpe, eso estaba claro. ¡Rabia!, ¡que rabia por favor!, hace meses que anda así, pero pensé que con una buena fiesta se le soltaba su “yo” interior, debo decir que hacia mucho que no recitaba y cuando lo empecé a oír me lo veía volver, pero sus versos no eran iguales, estaban cargados de algo distinto, como si le faltara la musa de bolsillo, el incentivo, el talismán, sus palabras eran nada más que palabras, como leer un libro pero no ponerle la pasión, la intención, eso que lo hacía ser Sebas y le daba ese toque irresistible. Medio que lo extrañaba, pero con esta noche ya le tomé bronca. Sí, puede que suene muy exagerado, pero bien sé que esto no es una tontería. Encima el frío me potenciaba el enojo, abrigado con la campera y la bufanda seguía temblando, me quejaba “frío de mierda”, mientras me frotaba los brazos, la manos, lo que sea para hacer mas amena mi marcha. En cambio Sebas, caminaba con su cara inexpresiva, temblando de pies a cabeza, solo tenía puesto un mísero buzo y no emitía sonido alguno, totalmente absorto en sí mismo, con la mirada fija en el paso siguiente. Eso me encolerizaba más, no podía ser que no tuviera frío, ni una queja, nada, alguna crítica de la noche, una conversación, una disculpa, nada de nada, él temblaba y caminaba totalmente inmutable. De todos modos siempre fue así, él nunca se queja del clima, y es un cabezón para abrigarse, no le gusta llevar mucha ropa al muy nudista, pero en ese momento me daba rabia su actitud.
Dos cuadras en silencio, (en un momento me pareció ver que a Sebas se le asomaba una sonrisa y temblaba con más fuerza) cuando llegamos a la parada se apoyó contra un poste y yo daba vueltas con las manos el los bolsillos tratando de que el movimiento me despejara la cabeza del frío, del enojo, del cansancio y un poco de la borrachera. Cada tanto miraba si venía el colectivo, ya que Sebas estaba mirando hacia la nada. La calle, con sus carteles de muchos colores, y las luces de los autos, le daban un toque mas fresco a la noche, todo era opaco, la gente borrosa por lo indiferente, un barrendero pasó, los pasos de algunos hacían un eco extraño al chocar con los ruidos de los motores, del viento, y de esos sonidos que tiene el silencio. Una vez Sebas me preguntó a que me sonaba el silencio, le dije que a nada, “por eso era silencio”, él sonrió muy sutilmente, dándose aires y me dijo “Las personas usualmente relacionan el silencio con cosas huecas, vacías, con la nada, pero el silencio está lleno de sonidos. Cuando todo está en silencio se escuchan las sutilezas, los ronroneos, los roces, las voces bajas y todo eso junto hace el sonido del silencio. Sí, ¡el silencio suena a Sorpresa!”. En su momento no le di mucha importancia, en estos momentos entiendo a lo que se refería, este silencio era una sorpresa, como esas sorpresas que te ponen los pelos de punta y te dejan nervioso, así estoy ahora, observándolo a Sebas temblar mas y más y mirar a su locura.
De pronto, producto del sueño, se me iba apagando poco a poco el mundo, hacía foco en diferentes sonidos, solo pasos, luego solo coches, las luces se hacían grandes puntos pixelados que se borraban y cambiaban de rumbos; me volvía a despertar y temblaba un poquito, las cosas daban vueltas y me volvía a apagar. Mi atención por un momento quedó en unas conversaciones de personas que pasaba a mis espaldas aparentemente apuradas, voces que resultaban sudorosas, como oír el miedo y sentirse perseguido, sutiles comentarios como “rápido, rápido”, “vos seguí”, “dale”, nada más…
¡JAJAJA!. Levanté la cabeza, me incorporé y vi a Sebas concluir su risa espontánea, rió un poco más por lo bajo y se quedo sonriente mirando el cordón de la vereda.
-¡¿De qué te reís?!- le pregunté con toda la furia.
- Extrañaba temblar… y que sea de “frío”…
Quedé helado ante su respuesta. Sebas la venía pasando muy mal y que dijera algo así, era digno de él. Saber que mi amigo seguía en pie me sacó el enojo, el frío, el sueño… me volvió el alma, (¡nos!) volvió el alma, y era reconfortante, cálido, libre de problemas.
Sebas seguía apoyado en el poste, temblando alegremente, con una relajada sonrisa y unos ojos llenos de tantas cosas vistas, que si una chica pasara por ahí en ese instante y lo viera, se enamoraría perdidamente de él. En el aire, producto de Sebas seguro, había olor a poesía…
El colectivo llegó, pero no nos subimos, de hecho, no subimos nunca más.
Nunca llegamos a casa.


FIN